Pasamos la mayor parte de nuestra juventud buscando el trabajo perfecto. Probamos en distintas direcciones, tachamos de la lista las ideas que nos parecen absurdas o los empleos que sencillamente no nos convencen. Enviamos cien candidaturas y recibimos veinte respuestas; de ellas, quizá cinco invitaciones a una entrevista personal. A menudo incluso esperamos más de tres semanas por ellas. Eso nos genera inseguridad. Olvidamos que tenemos muchísimas cualidades, porque no nos juzgan por nuestros talentos, sino por nuestras notas del colegio.

Cuando por fin encontramos un trabajo, lo damos todo por conservarlo. Incluso cuando en realidad no nos convence del todo, porque sigue siendo mejor que estar en paro. Poder evitar el estrés en el trabajo parece no ser una opción: un trabajo tiene que ser estresante, porque si no, no se está "trabajando" de verdad.

Pero ¿de dónde viene esta insatisfacción?

A menudo creemos que hemos encontrado el trabajo adecuado, pero tras ejercerlo durante un tiempo nos damos cuenta de que no nos realizamos en lo que hacemos. Sí, tenemos un puesto de trabajo seguro por ahora, pero ¿nos hace felices? ¿Estamos realmente satisfechos? Queremos una profesión que no solo nos dé dinero, sino que también nos divierta, porque en el mejor de los casos queremos ejercerla hasta la jubilación. ¿Por qué, entonces, llega con frecuencia el desencanto?

Casi siempre trabajamos en empleos que la sociedad cree que son lo adecuado para nosotros, ya sean amigos, familia o el orientador laboral de la oficina de empleo. En la adolescencia nos dicen que con lo que nos divierte y con lo que nos apasiona no se puede ganar dinero. Así que nos postulamos a un trabajo "reconocido" por la sociedad y pensamos que seguro que será el adecuado. Eso nos hace infelices.

La presión del jefe

Si a esta insatisfacción general se suma además la presión de la dirección, lo normal es que se acabe la motivación. Rendir más, con menos tiempo y por menos dinero. Nos sentimos explotados y mal remunerados. ¡Ascender en el trabajo, subir por la escalera de la carrera profesional, esa tiene que ser la solución! Pero cuando llegamos a un puesto superior, vienen más tareas, todavía menos tiempo y el sueldo vuelve a parecernos injusto.

Evitar el estrés en el trabajo no puede ser una opción aquí. Además, tenemos que ocuparnos de la casa, mantenernos en forma, cuidar de los niños, y un largo etcétera. En el fondo sabemos que tenemos que cambiar algo, pero nos da miedo.

Cómo evitar el estrés en el trabajo

Pasamos la mayor parte de nuestra juventud buscando el trabajo perfecto. Probamos en distintas direcciones, tachamos de la lista las ideas que nos parecen absurdas o los empleos que sencillamente no nos convencen. Enviamos cien candidaturas y recibimos veinte respuestas; de ellas, quizá cinco invitaciones a una entrevista personal. A menudo incluso esperamos más de tres semanas por ellas. Eso nos genera inseguridad. Olvidamos que tenemos muchísimas cualidades, porque no nos juzgan por nuestros talentos, sino por nuestras notas del colegio.

Cuando por fin encontramos un trabajo, lo damos todo por conservarlo. Incluso cuando en realidad no nos convence del todo, porque sigue siendo mejor que estar en paro. Poder evitar el estrés en el trabajo parece no ser una opción: un trabajo tiene que ser estresante, porque si no, no se está "trabajando" de verdad.

Pero ¿de dónde viene esta insatisfacción?

A menudo creemos que hemos encontrado el trabajo adecuado, pero tras ejercerlo durante un tiempo nos damos cuenta de que no nos realizamos en lo que hacemos. Sí, tenemos un puesto de trabajo seguro por ahora, pero ¿nos hace felices? ¿Estamos realmente satisfechos? Queremos una profesión que no solo nos dé dinero, sino que también nos divierta, porque en el mejor de los casos queremos ejercerla hasta la jubilación. ¿Por qué, entonces, llega con frecuencia el desencanto?

Casi siempre trabajamos en empleos que la sociedad cree que son lo adecuado para nosotros, ya sean amigos, familia o el orientador laboral de la oficina de empleo. En la adolescencia nos dicen que con lo que nos divierte y con lo que nos apasiona no se puede ganar dinero. Así que nos postulamos a un trabajo "reconocido" por la sociedad y pensamos que seguro que será el adecuado. Eso nos hace infelices.

La presión del jefe

Si a esta insatisfacción general se suma además la presión de la dirección, lo normal es que se acabe la motivación. Rendir más, con menos tiempo y por menos dinero. Nos sentimos explotados y mal remunerados. ¡Ascender en el trabajo, subir por la escalera de la carrera profesional, esa tiene que ser la solución! Pero cuando llegamos a un puesto superior, vienen más tareas, todavía menos tiempo y el sueldo vuelve a parecernos injusto.

Evitar el estrés en el trabajo no puede ser una opción aquí. Además, tenemos que ocuparnos de la casa, mantenernos en forma, cuidar de los niños, y un largo etcétera. En el fondo sabemos que tenemos que cambiar algo, pero nos da miedo.

Cómo conciliarlo todo

Listas de tareas, no llevarse el trabajo a casa y dedicarse de verdad tiempo a uno mismo. Hay que fijar las prioridades con claridad y preguntarse qué se quiere realmente. Tenemos que salir de este círculo vicioso y orientar con claridad nuestras prioridades y objetivos. Solo así los alcanzaremos y podremos convertir la pasión en profesión. El cambio positivo empieza en nosotros mismos, no en la sociedad.

Cómo conciliarlo todo

Listas de tareas, no llevarse el trabajo a casa y dedicarse de verdad tiempo a uno mismo. Hay que fijar las prioridades con claridad y preguntarse qué se quiere realmente. Tenemos que salir de este círculo vicioso y orientar con claridad nuestras prioridades y objetivos. Solo así los alcanzaremos y podremos convertir la pasión en profesión. El cambio positivo empieza en nosotros mismos, no en la sociedad.